Hablemos de transformaciones La Reforma (segunda de cuatro entregas)

Hablemos de transformaciones La Reforma (segunda de cuatro entregas)

26 septiembre, 2019 No Por REDACCION

Por Dimas Romero González

El estado mexicano independiente nació endeble y vulnerable; su debilidad, producto del largo y desgastante proceso de emancipación, con una sociedad dividida y la economía paralizada, le impedía reunir las fuerzas suficientes para defenderse; esa condición dejaba al nuevo territorio -proclamado libre de la corona, pero sujeto a los españoles- como el más preciado botín para la ambición comercial y expansionista de las potencias de la época: Francia e Inglaterra, vieron su oportunidad, adueñándose del comercio minorista y mayorista respectivamente; Estados Unidos, consumó su “destino manifiesto” con la intervención armada, la toma de Palacio Nacional y la firma, en febrero del 47, del tratado de anexión de California, Nuevo México, Texas y la zona tamaulipeca a orillas del Bravo; finalmente, España, no perdía las esperanzas de recuperar lo que consideraba su territorio.

Al asumir la responsabilidad del gobierno como presidente de la Suprepa Corte de Justicia de la Nación, Benito Juárez recibió el apoyo del bando liberal y algunos estados que respaldaron el gobierno constitucional, pero la mayoría del ejército, el clero y los conservadores, se alinearon con Félix María Zuloaga, que había tomado el poder de la capital, dando origen a la guerra civil de los tres años. Juárez partió a Guadalajara y después a Veracruz, y con el apoyo de la clase empresarial que estaba interesada en los bienes del clero, optó con su gabinete por consolidar y promulgar las Leyes de Reforma, entre las que se incluía: la nacionalización de los bienes del clero, la separación de la iglesia y el Estado, la supresión de órdenes religiosas, el matrimonio y registros civiles, la secularización de cementerios y, finalmente, la libertad de cultos.

Juárez venció a los conservadores y el 11 de enero de 1961, hizo su entrada a la capital de la República. Las elecciones le dieron el triunfo e inmediatamente intentó rehacer la administración, tomando decisiones temerarias, pero efectivas: suspendió el pago de las deudas del gobierno, tanto de los intereses de los prestamos usurarios británicos como los de las reclamaciones españolas y francesas. Sin embargo, este triunfo no le trajo a México la estabilidad esperada. Los monarquistas mexicanos residentes en Europa aprovecharon esta situación para interesar a Napoleón III, en el proyecto de instaurar una monarquía en México, quien viendo en la suspensión de pagos una oportunidad para intervenir, convocó a Francia y España para firmar un acuerdo por el que se comprometían a bloquear los puertos mexicanos del Golfo para presionar la reanudación de los pagos, supuestamente sin intervenir en política. No obstabte, después de lograr su objetivo, los países invitados aceptaron retirarse, pero los franceses desembarcaron para invadir. El triunfo de la batalla del 5 de mayo en Puebla, a cargo de Ignacio Zaragoza, no fue suficiente para defender el territorio. A finales de mayo de 1864, Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota Amalia, llegaron a hacerse cargo del trono que les habían ofrecido los monarquistas, en acuerdo con Napoleón.

Sin embargo, el monarca del segundo Imperio, resultó más liberal que los liberales, situación que le valió desde su llegada, el rechazo de quienes se habían comprometido a respaldarlo: los conservadores; y aunque contó con el apoyo de algunos liberales moderados, quedó debilitado; no le perdonaron manifestar que ejercería el Patronato Real (intervención del monarca en los asuntos y los intereses del clero), que no suprimiría la tolerancia de cultos y la nacionalización de los bienes de la iglesia. Esa debilidad, aunada al retiro del ejército de Napoleón ante la consolidación de la Confederación Alemana, representaron para Maximiliano su sentencia de muerte. Fue fusilado el 19 de junio de 1867. Hasta aquí la historia.

Reza el adagio popular que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. Es por ello que al escuchar cuarta transformación, ante el apabullante parloteo de los medios, que la venden mejor que marchanta en tianguis, el pueblo debe conocer cuáles fueron las transformaciones previas, a las que se alude, qué representaron para la realidad nacional y, sobre todo, para el pueblo humilde, en qué fallaron o qué las hizo exitosas, para entender qué es y qué podemos esperar de la que con tanta pompa se ofrece como la nueva transformación del país.

La guerra de Reforma representó para los mexicanos un paso determinante en el funcionamiento estructural y económico de la sociedad. Las medidas que estableció amenazaron los privilegios y las riquezas que el clero acumuló en el periodo colonial y que se afianzaron tras la independencia, con la que se halló emancipado, dueño de sí mismo y con un inmenso poder económico que no pensaba compartir. Los reformistas entendieron entonces, que enfrentarse a un poder de ese tamaño, sólo era posible anteponiendo otro poder, si no mayor, cuando menos sí de la misma magnitud. La gigantesca traslación de dominio de los bienes clericales, al estado, sólo podría hacerse creando en torno a su programa, derechos nuevos, derechos de particulares que se defendieran furiosamente contra las tentativas de restitución. Era darle espacio y protección a una nueva clase que se erigía como el puntal de desarrollo en el mundo, y en particular en el naciente país independiente. Y esa clase no era el pueblo humilde, sino la naciente burguesía mexicana.

A pesar de ello, la causa reformista tuvo adeptos en todos los sectores, pues cuando los pueblos alcanzan un nivel de desarrollo en las contradicciones que lo impulsan hacia adelante, no puede menos que despojarse de las estructuras caducas que lo aprisionan, que lo encierran como una camisa de fuerza, y las destruye con la fuerza de su determinación, abriendo paso a una nueva realidad. Apoyaro esa causa: los ricos que necesitaban tranquilidad para sus negocios, la naciente burguesía por el interés en los bienes del clero y las clases populares, por el vago anhelo de mejorar su precaria vida. La Reforma, fue obra de la clase media, que con sus intelectuales y sus hombres instruidos con la cultura de los países desarrollados al frente, entendieron el camino que debían transitar para coronar los intereses de las clases emergentes del centro y de provincia, que peleaban lo ganado en la Independencia. Otra vez, un cambio, sí, pero no del todo en favor de los pobres, quienes fueron enganchados al tren de la historia y remolcados como la gran víctima en cada episodio de la historia en nuestro país. Ésta no fue tampoco una transformación, fue una cambio progresista sí, que se sacudió los resabios del poder español de corte conservador, encausándonos en la ruta de la sociedad moderna, pero que al pueblo trabajador no le dio el lugar que merecía.