Los dos Oaxacas, el de los gobernantes y el de la cruda realidad

Por Dimas Romero

El pasado fin de semana vino a Oaxaca el presidente de la República, por enésima vez, a revisar los avances en la construcción de la autopista Barranca Larga – Ventanilla, la rehabilitación de la refinería Antonio Dovalí Jaime y la modernización del Puerto de Salina Cruz. Quienes deseamos un país verdaderamente justo y democrático, no podemos menos que sentirnos ofendidos por el cinismo con que se miente para ocultar la negativa de invertir en los ciudadanos afectados por la pandemia, la pobreza, el desempleo y la inseguridad.

Se escuchó a López Obrador hablar de más de 12 mil millones de pesos en inversión, blandiendo la desteñida bandera de la riqueza generada en la construcción de obras faraónicas, que llenará de progreso todos los rincones de Oaxaca, con el añadido de que el mandatario que “no da cuartel en su guerra contra el neoliberalismo”, anunció que reducirá los impuestos a las empresas que estas obras atraerán. Pero cuando se observa con ojo crítico este acto de la “radical transformación” del estado con la saliva que emana de su necesidad de mantener su popularidad, no podemos menos que remitirnos a los estudios de instituciones especializadas como el Coneval, que nos dice que el porcentaje de población con un salario inferior al costo de la canasta básica en Oaxaca pasó del 37.3% al 45.8% en el segundo trimestre del 2020, como producto de la pandemia; o como la organización Social Progress Imperative que mide la calidad de vida, y afirma que en nuestra entidad el 73.73% de personas tienen carencias en el rubro de Necesidades Humanas Básicas, con 82.73% de hogares con carencias en la vivienda, por ejemplo; o la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, cuyo último reporte dice que de los 2 millones 975 mil oaxaqueños en edad para trabajar, 1 millón 178 mil están inactivos, y que de 1 millón 766 mil activos, 680 mil 221, trabajan por cuenta propia.

Estos datos son, aunque algunos de ellos maquillados por su oficialidad, un reflejo lo suficientemente claro para demostrar que detrás de esos discursos, hay otro Oaxaca, el de la realidad, el de millones de ciudadanos que no tienen trabajo ni alimentos y están a merced de los imparables contagios, a grado tal que a escasos kilómetros de los actos del presidente, el hospital Covid de Juchitán, permanecía cerrado porque todo su personal está infectado, y ni por asomo se habló de los recursos y del personal destinados a reabrirlo o, por ejemplo, que se diga que se destinan abultadas inversiones de miles de millones de pesos en obras prioritarias y en Ixtepec, sólo 34 pequeñas empresas formales y 32 informales hayan recibido un crédito de 25 mil pesos, es decir, para el sector empresarial a quien responde López Obrador, 12 mil millones de pesos y en contraste, para la pequeña empresa 1 millón 650 mil. Esta es la realidad.

Mientras nuestros mandatarios desgastaban su escasa credibilidad, refiriéndose a las abstractas cifras de beneficiados, yo recorría las calles de Pinotepa de Don Luis, en las que cientos de comercios semi formales permanecen funcionando con apenas unos clientes, otros tantos negocios formales, se encontraban cerrados, y en mi trayecto rumbo a comunidades como Los Pocitos, Paso de las Garrochas y Collantes, pude apreciar los ranchos que al parecer un día fueron verdaderas promesas de explotación de recursos naturales, en los que los pequeños productores trabajan con maquinaria oscurecida entre el sarro y su obsolescencia, en edificios desvencijados y armados con desperdicios de lámina y plástico, que reflejan las tristes posibilidades con que sus dueños enfrentan a la pródiga naturaleza, como lamentable muestra de la contradicción que nuestros gobernantes esconden.

El alma más seca, el corazón más árido se reblandecería ante el dolor criminal que se siente al contemplar el sufrimiento de la precaria vida de los oaxaqueños, que pasan hambre a pesar de tener el mar a 500 metros de distancia de Paso de las Garrochas, sin que ninguna autoridad haya resuelto la demanda de los pobladores de promover un proyecto pesquero que detone la zona; tanto más para quienes decidimos agotar la vida junto a los pobres de Oaxaca.

¿Quién no se rinde ante la hiriente mirada de los afromexicanos en Collantes, en cuya profundidad se ahoga el grito de auxilio de los descendientes de aquellos que, arrancados de su hogar, fueron traídos después de la conquista para trabajar como esclavos y que a casi 500 años, no han encontrado la justicia reivindicatoria en la que ya es su Patria, la Patria que con sus costumbres, tradiciones y raíces han engrandecido? Solamente aquellos que no se han dignado mirarlos siquiera.

Ahí, ante ellos, mis compañeros y yo, parafraseando a Marcelino Dávalos, hemos jurado luchar a su lado para redimir su estirpe, que es también la nuestra, y que espera desde siempre el arribo de la justicia:

Raza sin abolengo

surgida del cadáver de mi raza,

¿quieres que de tus ruinas y leyendas, Tenochtitlán renazca?

¡Al indio resucita!

Al indio que si evoca de la Patria el recuerdo sagrado,

sólo sabe de bosques que le talan o jirones de tierra que le roban.

¡Resucita esa raza¡

Y del cadáver azteca surja la redención del paria.

¡Devuélvele el terruño y en el terruño fundará la Patria!

A eso llamamos al pueblo de Oaxaca, con quien la historia de nuestro país tiene tantas deudas que saldar. ¿Con qué autoridad? La que nos da el haber luchado junto a miles de oaxaqueños por más de cuarenta años, que como prueba irrefutable de nuestra labor, puede verificar quien lo desee, en concreto en toda la Costa oaxaqueña, donde encontrará el emblema antorchista en cientos de obras de infraestructura, el emblema de la organización de los pobres de México. Se acerca la hora en que los pobres lleven al poder a gobernantes nacidos del pueblo, hijos del pueblo y futuros representantes dignos del pueblo.

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