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CARPE DIEM | Ni jardines, ni fuentes

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NÉSTOR Y. SÁNCHEZ ISLAS

El centro histórico de nuestra ciudad de Oaxaca recibió, junto con Monte Albán en 1987, la declaración de Patrimonio Mundial por parte de la UNESCO, tanto por su estilo arquitectónico colonial como por su legado cultural. Sin embargo, en cuanto a plazas públicas, parques, fuentes o jardines es un perfecto ejemplo de la apatía e indiferencia de sus habitantes y las malas autoridades que se han sucedido unas a otras y que, tal parece, son las que merecemos.

Nuestra principal plaza pública, el Jardín de la Constitución o Zócalo, que debería ser motivo de orgullo como lo son otros jardines del mundo para las ciudades que los cobijan, asemeja más un páramo árido que el corazón de la Verde Antequera. En un solo lugar nos exhibimos y justificamos en nombre de cualquier motivo la destrucción de árboles, plantas, fauna, fuentes e infraestructura histórica.

Ha habido a lo largo de los años algunos esfuerzos por recuperar esas plazas para que cumplan con la importante función social que tienen, sin embargo, una y otra vez ha sido arrasado, ya sea por los vándalos de la Sección 22, los ambulantes, los triquis, protestas, conciertos, ferias, festivales o exposiciones. La Alameda, como extensión del Zócalo, también es tierra arrasada y privatizada a favor de un grupo de presión.

Los jardines de Oaxaca son pocos para la importancia de nuestra capital. Algunos tienen fuentes, pero en lugar de tener agua la gente las llena de basura. Hubo cuatro fuentes en el zócalo y dos en la Alameda, ahí siguen esperando la fecha en que los oaxaqueños las dignifiquemos.

Las fuentes, que también cumplieron una importante función en los siglos pasados al abastecer a la población de agua potable son casi ruinas arqueológicas. En el atrio de la iglesia de La Merced, de Los Príncipes, de Las Nieves, en La Soledad, el Conzatti, en el mercado Cuarto Centenario, las del llano, de los arquitos o en la calle de Trujano sufren el paso del tiempo y las cicatrices son visibles en su notable deterioro, pero lo peor es la indiferencia de quienes por ahí transitamos.

Los jardines públicos de la ciudad, a excepción del Jardín Conzatti, son tierra fértil para los teporochos y algunos malandrines que se han posesionado de ellos. El Jardín San Pablo a pesar de ser tan céntrico, está en el abandono total y es usado por los barrenderos para almacenar sus carros de basura.

La fuente de “Las 7 regiones”, símbolo de Oaxaca, estuvo en la bajada del cerro del fortín, en donde hoy se encuentra el monumento a la madre. Fue el notable arquitecto Octavio Flores Aguillón quien la construyó. Cuando fue traslada a su ubicación actual era un monumento hermoso con sus interiores forrados de mosaicos estilo árabe, juego de luces y de chorros de agua y pequeños pasillos interiores en que los niños corríamos.

Hoy, por orden de un exgobernador fue colocada en un pedestal y eliminado su atractivo. La justificación fue para salvarla del salvajismo de toda clase de manifestantes que sienten placer al destruir la infraestructura urbana, pública y privada.

La fuente y su jardín están arrasados. Algún político oportunista mandó colocar ahí un quiosco con libros para fomentar la lectura. No queda nada, está destruido y es un estorbo. Las pocas plantas apenas pueden crecer y el pasto es historia. Las jardineras del lado sur son ahora repositorios de los familiares de enfermos del hospital y muladar de sus desechos. A pesar de ser un atractivo turístico su condición es vergonzante para una ciudad patrimonio.

Las plazas públicas y jardines tienen una importante función social y los gobiernos tienen la obligación de mantenerlos en condiciones dignas y, nosotros, tenemos la obligación de respetarlos y hacerlos respetar. Han sido usado por la clase política como moneda de cambio y entregados a las mafias ambulantes, como el parque El Llano, en que un tianguis marabunta se lo acabó.

En las plazas, parques y jardines se construye la cultura oaxaqueña todos los días. Son lugares de diversión y expresión artística, de socialización, un reflejo de sus habitantes y, al ser nuestro reflejo, en todos estos espacios se observa la pobreza cívica de los oaxaqueños.

Parques, jardines, fuentes y plazas públicas son una necesidad en toda ciudad. La vida moderna y la mercadotecnia nos han hecho creer que los nuevos espacios públicos son los centros comerciales privados, pero estos sitios no son los apropiados porque, entre otros defectos, exhiben el clasismo.

La pandemia nos ha enseñado la necesidad que tenemos de convivir. Parques y jardines dignos deben ser obligación de las políticas públicas y no moneda de negociación de la clase política. Nuestros espacios públicos merecen respeto, de autoridades y de todos nosotros. La clase política, la que maneja el presupuesto, está más interesada en su clientela electoral que en la sana convivencia, por eso toleran su destrucción.

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