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CARPE DIEM | Muertas en vida

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NÉSTOR Y. SÁNCHEZ ISLAS

No es tan difícil, ni tan caro y la posibilidad de recibir castigo es muy baja porque las leyes solo los clasifican como lesiones, aunque en realidad se trata de un homicidio que nunca termina porque la víctima no muere, pero si está muerta. Los ataques con ácido están aumentando peligrosamente en nuestro país.

Las agresiones con ácido o cualquier otra sustancia corrosiva, como la cal viva o la sosa cáustica, no son nuevos, pero su uso como método de venganza no era frecuente en México. Son países del sureste asiático o musulmanes los que más ataques tienen cada año porque en esas culturas se considera a la mujer como un objeto propiedad de su familia, de su padre o del esposo, que pueden disponer de ellas, de su cuerpo y de sus vidas.

La cabeza de un agresor de este tipo debe ser un laberinto lleno de monstruos que lo controlan, pero esto no justifica un ataque en nombre de la defensa de la honra del padre o del marido, ni los celos, ni la falta de autocontrol en el manejo de la ira. La perversidad encarnada en esta clase de sujetos debe ser sometida a un castigo directamente proporcional al daño causado, es decir, debe durar tanto como la agonía provocada a la víctima. La extinción de dominio de los bienes del agresor a favor de la víctima deben ser parte del costo a pagar por el victimario porque las víctimas quedan incapacitadas para desenvolverse de forma normal en una sociedad en que el tener un físico atractivo es tan importante; la cárcel nunca será suficiente.

La violencia criminal está en evidente crecimiento, peligrosamente nos estamos habituando a las masacres, los descuartizados, los decapitados, los desaparecidos o los disueltos en ácido. No hace muchos años, un crimen de tres o cuatro personas se consideraba escandaloso; hoy son lo normal porque, así como han matado en Tamaulipas a 72 migrantes de un jalón, han desaparecido a 43 jóvenes en Guerrero en un noche.

El ambiente de violencia que nos rodea no es normal, aunque nos estemos acostumbrando a él. La violencia contra la mujer tampoco es normal, aunque a veces sea tolerada por las leyes no escritas de los usos y costumbres de comunidades indígenas en que se escuda la venta y trata de mujeres, por ejemplo.

La violencia contra la mujer poco ha sido castigada por las leyes mexicanas que, en lugar de ayudarlas, las revictimizan. Las crónicas de mujeres agredidas deberían ser una vergüenza para todos los legisladores del país. Todas coinciden en que, por un lado, las leyes no consideran como violencia muchos actos dolorosos en su contra, sino que además las cloacas de las instancias de justicia apestan a indiferencia, corrupción, morbo y burla.

El Congreso local, que debería trabajar en eso, no solo es muy costoso para nuestro erario, su inutilidad es de sobra conocida. El gigantismo de las ostentosas instalaciones y el exceso de diputados y empleados es muy buen distractor para ocultar las carencias y complejos de algunos congresistas que, por tres años, llegan a sentirse los padres de la patria.

El ataque contra la saxofonista, que conmovió al país, debió haber sido la oportunidad para legislar de inmediato asuntos como el estricto control del manejo y venta de sustancia corrosivas que son muy fáciles de conseguir. Solo hay que pensar que el supuesto autor intelectual del ataque, dueño de gasolineras, podría haber tenido a su disposición sin problema, ácido para baterías de auto, uno de los químicos más agresivos.

Los legisladores locales, tan sensibles a lo que la prensa y las redes hablen de ellos, se fueron a legislar contra los dulces, contra las botellas de plástico y contra los concursos de belleza porque eso los pondría, de inmediato, ante los reflectores. Así fue y, aunque sus seguidores lo celebraron, la prensa les hizo ver su inutilidad al ser inaplicables en la realidad.

Estamos pagando el costo por haber elegido mal a quienes deberían ocupar uno de los tres poderes del Estado. Con ellos se ha premiado la mediocridad. ¿Con qué argumentos se le pedirá a los niños y jóvenes que estudien? Al menos en Oaxaca, se logra más como porro, como agitador social, como incendiario que siendo un buen estudiante.

No existe en esta legislatura ningún buen tribuno, la mayoría no aprobaría un examen de comprensión lectora o de lectura en voz alta, pero son los que hacen las leyes que nos rigen. Ya lo dijo el pedagogo canadiense Laurence J. Peter: “con el tiempo, todo puesto acaba siendo desempeñado por alguien incompetente para sus obligaciones”.

Una buena parte de la responsabilidad de la violencia contra la mujer deriva de las malas leyes mexicanas y de los legisladores que se ocupan más por enriquecerse que por servir a los demás. Si no regulan la venta al público de sustancias peligrosas, desgraciadamente, muy pronto podría haber más ataques con ácido.

Twitter @nestoryuri

 

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