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CARPE DIEM | Volver al futuro

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NÉSTOR Y. SÁNCHEZ ISLAS

A estas alturas del sexenio para nadie es un secreto que el presidente se quedó anclado en los años de su juventud y que su modelo de transformación no es más que la vuelta al populismo setentero.

La propuesta de contrarreforma eléctrica puesta sobre la mesa del debate es una recopilación de políticas públicas autoritarias y estatistas, un modelo económico que nos llevó al fracaso de la docena trágica, Echeverría y López Portillo, en que la crisis económica provocada por tratar de imponer como políticas de Estado los sueños guajiros de un iluminado en lugar de enfrentar la realidad, cruda y dura como es.

En el siglo pasado se toleró la imposición personal de las locuras del presidente imperial en turno. Hoy se pretende hacer lo mismo sobre una población que ha evolucionado. El modelo autoritario de una sola visión y una sola voz está caducado.

Hay muchos a quienes los años setenta se les hacen muy lejanos, pero en realidad, en tiempo histórico, están apenas a la vuelta de la esquina. ¿Cómo olvidar las épocas en que solo había combustible de Pemex, teléfonos de Telmex, energía de pésima calidad de la CFE o mensajería urgente a través de Telégrafos de México?

Sí Oaxaca estaba en los setenta casi en los años de las cavernas, imaginen cómo estaba en décadas anteriores. Los apagones eran cotidianos. En las tiendas de la esquina se vendían velas y quinqués de petróleo, aunque también se usaba para las estufas, ocotes y cerillos. La electrificación no cubría la ciudad entera, mucho menos las poblaciones del interior del Estado que, cuando mucho, tenían un farol en cada esquina. Aunque ahora parezca romántico, no lo era. Estar todos reunidos alrededor de una vela o quinqué era por necesidad, no por romance.

No había líneas telefónicas suficientes. Únicamente las personas con dinero o con influencias podrían darse ese lujo. Solicitar el servicio consistía en ir a llenar un documento y sentarse a esperar años a que estuviera disponible una línea, era casi sacarse la lotería. No había más que un proveedor, que era el Estado a través de la empresa Telmex.

¿Gasolina? Poca y de muy mala calidad. Salir a carretera era una aventura porque había que calcular muy bien el consumo porque las gasolinerías eran escasas. En algunos pueblos vendían la gasolina a las orillas del camino, no se consideraba huachicol, era un servicio necesario. Ya no se ven por las carreteras autos así, pero era normal llevar bidones en la parte trasera o el techo con combustible para completar los viajes.

¿Mensajería? No había más que el mal servicio que siempre ha caracterizado a Correos y Telégrafos de México. La tecnología no estaba desarrollada como ahora, pero la llegada de una carta desde la CDMX podía demorar meses, y un telegrama “urgente” tardaba horas.

Arropado en su discurso reivindicador en que afirma que se trata de razones soberanas, terminajo muy usado por rancios nacionalista autoritarios, se pretende entregar el control de algo tan importante como la energía a un ente carcomido por la ineficiencia y la corrupción. Tan ineficiente que, al igual que Pemex, le cuesta hasta cinco veces más y necesita más personal para producir un kilowatt que un particular. Y todo el personal goza, por si algo faltara, de jugosas prestaciones y jubilaciones que incluyen el servicio eléctrico de gorra de por vida, heredable por si algo faltaba.

Lo dice claramente el proyecto de reforma, todos los contratos con privados se cancelarán, incluyendo a cientos de miles de particulares que han comprado paneles solares para autoconsumo, motivados por solo dos cosas: lo caro y la mala calidad del servicio de CFE.

Eliminarán a los organismos reguladores, se estatiza la extracción de mineral de litio, se prioriza la quema de combustóleo y petróleo, se castiga a las centrales eólicas y se manda un fuerte mensaje de inestabilidad hacia el exterior. Ese es el México que quiere López Obrador, pero eso sí, pobres pero soberanos, con el apoyo del gobernador Murat, quién ha salido más obradorista que el mismo retardatario Benjamín Robles Montoya.

En 2024 desearemos volver a 2018 que, comparado con lo que se nos viene encima, sería como volver al futuro.

EL DESASTRE

Como suele hacerse en Oaxaca, con harta estridencia y victimismo, con llamados desde lo profundo de reivindicaciones sindicales, se mancilló a la ciudad y a su gente.

Pero en el fondo ni siquiera fueron reivindicaciones, se trató de un episodio más en la lucha descarnada por la candidatura al gobierno del estado. Así se juega la política, y los políticos oaxaqueños son especialmente sucios, cínicos e irresponsables. Pero también son esos los políticos que merecemos, nosotros los hemos tolerado y apoyado en cada elección porque, cualquiera que se vista de moronga y lance un discurso patriotero y soberano, se convierten en moralmente superior, hágame el favor.

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